Los niños de Rusia es una generosa película que hace un extenso repaso a la vida de sus protagonistas, un relato que se convierte así en una especie de recorrido por el siglo XX. Pues quienes nos narran su vida han sido testigos de los grandes acontecimientos de ese siglo. Ya viviendo la relativa felicidad rusa y poco después de que supieran que los suyos perdieron la guerra, lo que les impedía –por el momento– volver a casa, sufrieron de nuevo los bombardeos y continuaron su huída por toda la estepa rusa. Acabada la gran guerra vivieron la revolución, el régimen del anteriormente alabado Stalin. Y los que intentaron volver a casa se encontraron con el rechazo o el olvido de la familia, las reticencias del régimen y los controles de la CIA y el menosprecio de muchos compañeros. Si la historia es épica, interesante, edificante y gratificante, Jaime Camino la hace más jugosa, mucho más profesional – incluye un excelente trabajo de investigación en el que se recuperan imágenes insólitas– tierna y humana. Porque evita protagonismos, prescinde de la siempre molesta voz en off, y deja la palabra y la cámara sólo a quienes de verdad tienen algo que decir. Pero no sólo de sus vidas como continuos exiliados, como gente de ninguna parte, si no que también cuentan pequeñas anécdotas y entrañables momentos que abren el espacio de la sensibilidad, de la cotidianeidad del relato, que deja entrever que siempre es más fuerte la memoria de los buenos instantes. Además, Los niños de Rusia está rodada con el mayor de los respetos hacia sus protagonistas, personas que hoy, cada uno desde su casa (bien en Cuba, bien en Moscú, en Bilbao o en Madrid), tienen un agudizado espíritu crítico –vivieron lo peor– y hacen gala de una gran humanidad. Un respeto contagioso que consigue arrancar el aplauso de quienes se reúnen en una sala para apreciar esta obra maestra.